jueves, 27 de septiembre de 2012

Algunas dudas sobre los fantasmas



A mi esposa y a mí nos encanta ver programas y películas sobre lo paranormal: todo aquello que se relacione con el tema, ahí estamos los dos muy picados viéndolo (a mí en lo particular me apasiona el tema de los extraterrestres, y más aún aquello que hable sobre teorías de conspiración, pero eso lo abordaré en otro momento). Es por eso que me considero una especie de experto en la materia: Sólo me hace falta hacerme investigador de lo oculto para cerrar el círculo; cosa que no haré de momento, pero quizá en un futuro no muy lejano llegue a tener una aventura de tal especie.

En la vida real, a mi esposa y a mí nos han ocurrido una serie de cosas extrañas que quisiera compartirles antes de transmitir una serie de dudas que me han asaltado desde que he entrado a estos terrenos de misterio. Por ejemplo, en ciertas noches hemos escuchado pasos en la segunda planta mientras estamos abajo preparando la cena o lavando platos, y obviamente cuando subimos a ver qué ocurre resulta que no hay nadie. En algunas ocasiones se escucha la puerta del baño que se abre o se cierra, sin que alguna corriente de aire lo haya provocado. Pero de las cosas más raras que nos han sucedido fue la vez que escuchamos que la puerta de la otra recámara se abrió repentinamente (tiene un sonido muy particular, como un desgarrador crujido), pero mi esposa se asomó y estaba cerrada; y a los pocos minutos, cuando volvimos a la cama e intentábamos dormir, se escuchó en la planta baja un sonido muy violento, fuerte, como si algo se hubiera caído al suelo de manera estrepitosa, quizá un mueble con cosas adentro. Obvio nos espantamos, corrí abajo a ver qué había sucedido y todo estaba en orden, tal y como lo habíamos dejado antes de subir a acostarnos. Una locura. Hemos concluido que se trata del espíritu de una señora que vivía antes en nuestra casa, que no murió ahí precisamente pero que creemos ha vuelto a habitar el espacio que tanto le gustó.

Todo esto ha llevado a plantearme una serie de preguntas sin respuesta, que ni los programas ni otras personas han podido ayudarme a responder. A continuación, las presento enumeradas, sin ningún orden de importancia: 

1. ¿Cómo hablan los fantasmas, si son inmateriales? ¿De dónde provienen esos sonidos que escuchamos, y que para poder hacerlos nosotros los humanos nos valemos de nuestras cuerdas vocales?
2. ¿Existe realmente interacción entre humano-fantasma? Cuando se aparecen, ¿lo hacen intencionalmente o sólo “pasaban por ahí”?
3. ¿Los fantasmas tienen conciencia? ¿Podrán “procesar” información en sus “cerebros”? ¿Tendrán la capacidad de tomar decisiones dependiendo del entorno y la situación que se les presenta?
4. Si son seres inmateriales, ¿por qué pueden “mover” cosas? ¿Se materializan por unos instantes para interactuar con nuestro mundo? Si es así, ¿qué tiene que decir Einstein al respecto?
5. ¿Por qué nos asustan? ¿No tienen algo más interesante qué hacer? ¿Por qué mejor no nos hablan de su “mundo”? ¿Por qué no contribuyen a la cura del cáncer, a la paz mundial o a decirnos qué sucederá con el futuro de la Humanidad? ¿Por qué tienen que hacerlo todo más difícil para nosotros?
6. ¿Saben de la existencia de otros fantasmas? ¿Hay una hermandad de fantasmas, un gremio, un sindicato? ¿Habitan el mismo espacio? ¿Pagan cuota de protección a otros fantasmas?
7. ¿Llevan una doble “vida” (están muertos, lo sé, pero cómo describir el término)? ¿Por las noches salen a las calles a hacer maldades y por el día regresan a casa a continuar con sus “actividades normales”?
8. ¿Por qué el arquetipo de fantasma es un bulto flotante con una sábana blanca encima? ¿Es una invención más de Walt Disney, de la Coca Cola?

Si tienen alguna otra pregunta al respecto o quieren responder alguna de ellas, les ruego que hagan contacto conmigo. 
Bueno, si son del más allá, absténganse, por favor.


lunes, 27 de agosto de 2012

El no-me-olvides de los dioses



Si uno le ordena a los pies dirigirse a la taquería más cercana, éstos obedecen sin mayores complicaciones: el antojo manda, por supuesto. Si uno le pide a su mano subir a la altura de los sobacos para que empiece a rascar, suave y placenteramente, actúa sin ninguna objeción. ¿Entonces por qué no se le ha permitido al hombre tener el mismo dominio sobre su pene? ¿Es acaso una de esas situaciones plenamente irónicas que ha dejado la Vida para el macho? Parece que sí, es precisamente eso, una burla contra nosotros, los afortunados que pertenecemos al sexo masculino. Porque teniéndolo ahí, entre las piernas, a nuestra disposición, no podemos adjudicárnoslo como un súbdito; no podemos proclamarnos su rey, pues antes de la coronación ya había tomado partido por una rebelión en contra nuestra.

Fue un capricho vil, lamentable, la verdad. Aquél o aquéllos que nos crearon, dejaron su firma inmisericorde. Su no-me-olvides. Nos dejaron a nuestra suerte, promoviendo en nosotros la labor del prestidigitador, que tiene que hacer un esfuerzo de concentración, una acrobacia mental y un poco de suerte para que el miembro se levante. Es un arte, un acto consciente (¿o inconsciente?): Tenemos y no tenemos que ver en ello. Pues no se trata sólo de ver a una mujer desnuda, dejarse acariciar, llenar el cuerpo de la fragancia sexual, que active el engranaje sutil de la erección; no. Es algo que fluye de manera natural, debido a la excitación de los sentidos; es un despertar repentino de un espíritu demoníaco, que surge para cumplir con su encomienda; que vive a largos ratos aletargado, en sueños prolongados, con un despertador al lado que le avisa cuando ha llegado el momento de hacer lo que mejor sabe. Pero ese diablo es caprichoso. En los humanos actúa en forma despiadada. No es buena onda con todo el mundo. Que yo sepa, los animales no tienen estos penosos inconvenientes (algún científico: favor de hacerme llegar una liga con información al respecto). No tienen que recurrir a la pastilla azul, por fortuna. Y esto a veces llega a causarles una vergüenza profunda a algunos desafortunados que lo padecen. En ciertos momentos nos tiene que llegar a ocurrir, y tendremos que dar explicaciones minuciosas; o de plano, ser francos: “No sé qué me pasa, pero no quiere”, “Te juro que nunca me había ocurrido”. ¿Pero cuál es la razón? ¿El cansancio?, ¿problemas personales?, ¿falta de excitación?, ¿temor?, ¿inseguridad?, ¿impotencia?

Aquél que no puede cumplir con su labor de ensartador, para acabar pronto, se le ve como si estuviera castrado. Esta situación tiene que ver con cuestiones de dominio, estatus, prestigio, machismo. Quedar al descubierto por un problema así es exponerse al ridículo, a la indignidad. Se pierde valor. Nuestras acciones en la bolsa de valores coital se desploman. Por eso mejor mantenerlo en secreto, guardarlo en una bóveda impenetrable de silencio, cosa poco menos que difícil, pues, al tratar a la mujer, al estar en contacto íntimo con ella, se diluyen drásticamente estas posibilidades. Habría que condenarse a vivir en el ascetismo sexual. Enclaustrarse en un monasterio de abstinencia, y permanecer ahí hasta que llegue diciembre de dos mil doce.

Entonces, ¿cómo se puede resolver este injusto problema? No lo sé, no soy médico de los penes. Ni psicólogo. Sólo mencioné el tema porque Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) publicó en el 2010 el libro “La sangre erguida”, una novela entretenida, ágil, adictiva, merecedora del Premio Antonin Artaud (aunque francamente, desde mi humilde punto de vista, de relevancia menor dentro de su extraordinaria obra), que lleva al lector —en este caso, su servilleta— a reflexionar sobre las vicisitudes que tiene que enfrentar el hombre para controlar a plenitud la erección de su fierro. Recomendable.

Pasen, pues’n, a leerlo ya.

viernes, 29 de junio de 2012

Paraíso secreto


He dado incontables paseos en solitario. Viajes a lo desconocido. Escapadas a los rincones más inverosímiles que puedan ustedes imaginarse. He sido irresponsable. No me he detenido a pensar en los peligros a los que puedo enfrentarme. Muchas veces no tuve un plan determinado; otras tantas, sí, lo hice con un guión perfectamente trazado en mi bitácora de viajero. Sin importar la forma, cuando me fugaba, sentía un alivio profundo, casi como si me estuviera cubriendo desde lo alto del cielo un halo de luz reconfortante: algo en mi interior también se iba descubriendo en esta transición de oscuridad a iluminación. Ha sido un temor nutritivo, desconcertante; una tensa paz que me hizo sentir que estaba viviendo algo real, tangible, lejos de mi hermética y controlada soledad. Pero esa irresponsabilidad me ha dejado algo positivo con los años.

Siempre me ha gustado estar solo. Andar ligero, sin demasiado equipaje. Tomar la decisión y al instante embarcarme hacia un nuevo destino. Pero un buen día, tropecé con una piedra en medio del bosque y caí tierra abajo, dando tumbos entre el enramado, sin que pudiera asirme de alguna liana para evitar mi agitado descenso. Cuando me levanté, me encontré con el edén… Quién lo iba a pronosticar: mis pasos errantes, vagabundos, me iban a conducir a un lugar insospechado, maravilloso, inquietante. Desde que lo encontré, he acudido a él todos los días. Ahí me siento seguro, pleno, lleno de energía transparente, que purifica sistemáticamente mis sentidos cuando por las noches me sumerjo en el misterio de sus profundidades. Y este lugar me lo he apropiado por tal razón: Es, desde entonces, mi paraíso secreto.

Yo no lo buscaba. Ya no. Porque no esperaba encontrarlo nunca (con los años, uno a veces simplemente deja de buscar). Pero mi suerte ya estaba echada: no tenía sentido pues evadir mi destino, si éste, con tremenda voluntad, se había tomado la bella molestia de pedalear muy fuerte su bicicleta tan sólo para alcanzarme. Hablo, por supuesto, del amor. Pero hablar sobre el amor es fácil y es difícil, porque no se tiene la certeza de abarcarlo por completo, o apenas de asomarlo un poco, si es que no se quiere caer en la envolvente retórica del romanticismo del siglo 19. ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? ¿De qué se habla cuando se intenta definirlo? Podría vaciar aquí un barril completo de argumentos, pero todos ellos tan sólo embriagarían a uno que otro pobre diablo, porque lo que hay adentro es una sustancia amorfa, inconsistente, que apendejaría al más cuerdo de los mortales. Sólo diré, por tanto, que una de las formas más sublimes (no la única) de llevar el amor a la trascendencia es el matrimonio. No entraré en polémica con los nihilistas.

Hace algunos años me cuestionaba sobre la condición del matrimonio y llegaba a la conclusión de que sí, de que era una empresa demoledoramente difícil de sobrellevar, de que requería fortaleza espiritual, una profunda convicción y que muy pocas parejas lograrían salir adelante (consideraba que aquellas relaciones recientes estaban condenadas al fracaso, por la aceleración y la superficialidad muy característicos de los tiempos modernos). Pero al mismo tiempo creía que no había por qué desesperanzarse, siempre y cuando hubiera de por medio un compromiso y complicidad a prueba de asteroides. ¿Pero se está verdaderamente preparado para el matrimonio en algún momento de nuestras vidas? ¿Existe algún indicador confiable que mencione la época precisa para unir la vida a la del ser amado? No existe. Es sólo una cuestión de decisión. Se podrá encontrar a una persona buena, trabajadora, hermosa, y los resultados a los pocos años podrían ser catastróficos; o podría hallarse a un ser con intensión rebelde, parrandero, simpático, y al poco tiempo aburrirse porque resulta que no era lo que se esperaba. No hay garantías. Ni siquiera la edad juega un rol determinante. ¿Entonces cuál es la fórmula, cuál es el secreto? Vuelvo a decirlo: es sólo una cuestión de decisión: El espíritu, el cuerpo, el cerebro, el corazón, la sangre, los cinco sentidos, el sexto sentido, los astros, el calendario maya, la ouija, todos juntos tendrán que decirnos el instante preciso y mostrarnos a la persona indicada:

Y es justo aquí donde dejo de hablar en tercera persona para señalarte a ti, Lizette Bretón, y sólo a ti, como esa persona escogida (en el sutil lenguaje que a estas alturas hemos creado tú y yo, sabes perfectamente que te estoy albureando). Quiero describir con brutal honestidad lo que logras provocar en mi alma, cuando me regalas esa cautivante sonrisa que arrasa con toda mi tranquilidad; que como huracán, arranca de raíz los árboles de estabilidad que con paciencia he venido sembrando. Tu presencia me abarca, me serena, me irradia. Porque fue por esa razón que yo te puse este apodo, “Sak che’eh”, que en lengua maya significa sonrisa.

Ninguna persona antes se había comprometido de la manera en la que tú lo has hecho conmigo. Me abruma y me extasía la manera en la que te entregas a este amor de los dos, lo haces de una forma completa, sin reservas, con la plena confianza de que lo haces por estar brindando lo que eres, sin tapujos, sin engaños, confiada en que tu apasionada fe en nuestra relación será una semilla fértil, que pronto germinará y dará frescos y jugosos frutos en nuestros corazones. Paradójicamente, es contigo con quien más he reñido. No eres un espejismo, eres real. Por tanto, no todo en nuestra relación es perfecto. No debería serlo. Es necesaria la catarsis, los eclipses, las pesadillas, los terremotos, algo que nos mueva el piso; tenemos que nadar hacia la superficie cuantas veces sea necesario para tomar un respiro profundo, pues si no, nos ahogaríamos en un mar interminable de sofocante miel.

Te atreviste a desafiar mis leyes, a vulnerar la estabilidad de mi trinchera. Entraste y saqueaste todo. No tuviste respeto por llevarte lo que había construido. Pero dejaste todo en orden, abriste las ventanas para que una corriente de aire fresco, purificador, ventilara los espacios, para que entrara la calidez de tu luz y despejara toda penumbra. Me atravesaste, como fantasma que camina entre paredes, y sentí la certeza de tu presencia antes de siquiera haberte mirado, como se siente una brisa antes de caer el atardecer. Desde entonces no sé cómo liberarme de ti. Me poseíste. Inyectaste tu veneno y en mi cuerpo se pasea un líquido abrasador, incesante, que mis venas no terminan todavía de asimilar. Te apoderaste de mi voluntad. Tomaste el hilo de mi alma y el papalote tuvo que revolotear en círculos, a tu merced. Nadie lo había logrado, sólo tú. Eres noble, eres una mujer increíble. Te idolatro, soy tu fan. Me encantas. Eres la mujer más hermosa sobre la faz del planeta. Así te ven mis ojos. Así te ven los ojos de cualquier ser humano, demonio, ángel o quimera que ha tenido la fortuna de haberse cruzado en tu camino. Ante ti se puede rendir cualquier ser terrenal, tan sólo con tu belleza. Pero tu encanto, tu irresistible personalidad se adelantan. Porque eres buena. Tienes una gracia y un andar tan natural. Brillas porque tu simpleza, tu naturalidad son brutalmente llamativos en el mundo artificial que hoy tristemente habitamos. Tu seguridad, tu buen humor, tu solidaridad con el prójimo, tu carisma, no hacen más que potenciar el magnetismo que irradia el centro de tu universo. Eres un sol. Yo sólo soy un pobre satélite errante que quedó atrapado en tu órbita.

He sido afortunado de encontrarte. No sé cómo ocurrió. No sé si fue obra de algo más grande que nosotros, pero no me importa. No pienso perder la oportunidad. Te tengo y me tienes. Nos tenemos. Quiero vivir a tu lado, caminar junto a ti. Sólo quiero vivir una vida entera contigo, sólo una, no pido más. Me será suficiente. Pues no me confío, no voy a ilusionarme con el más allá, no espero reencontrarme contigo una vez que ya no estemos aquí. Viviré el ahora y el aquí con la firme intensión estar construyendo la solidez de un futuro halagador.

Creo en el amor. Creo en el matrimonio. Y juro por mi vida que velaré por ti día y noche, y por nuestros hijos; fomentaré el bienestar, la superación, la convivencia; reavivaré cada día la llama de la pasión, para hacer de nuestra vida un paraíso secreto, donde sólo quepa el egoísmo impenetrable de un nosotros; lucharé por una meta compartida; llenaré de prolongados y reiterados momentos de alegría, de sueños, de intencionados instantes de complicidad, de cariños, de caricias, de bromas, de juegos, de largos paseos, de caminatas bajo la luna, de bailes, de parrandas, de encuentros con amigos, de placenteros viajes inesperados, y de seducción. Volteo atrás y hago un recuento de nuestra historia, y pienso: le has dado a mi vida el proyecto más claro, más trascendente y bello que jamás haya tenido. Gracias, libélula, por caminar a mi lado todo este tiempo, por no haber perdido la fe en mí ni en nuestro amor. Gracias por haber aceptado dar el siguiente paso, que nos conducirá gradualmente, con paciente dedicación, hacia la plenitud iluminada de nuestra relación.

Te amo, hermosa Sak che'eh.

sábado, 21 de abril de 2012

Ana Arkadievna: una vida entregada a su pasión


Tolstoi es el maestro del realismo. No hay lugar a dudas. Sus novelas son en realidad sistemas de circuito cerrado, en donde podemos apreciar las historias en tiempo real: estamos ante la contemplación de personas de carne y hueso, con hechos casi comprobables, verosímiles, de los cuales vamos siendo testigos conforme éstos van ocurriendo. Uno casi los puede tocar: y todo porque sus protagonistas son brutalmente humanos. Si no lo creen, échenle una hojeada superficial a Ana Karenina (725 páginas, pero no se espanten), ahí podrán enamorarse de una mujer exquisita, de encantadora personalidad, inteligente, guapa, de charla cautivante y mirada penetrante: no recuerdo personaje más entrañable y conmovedor como éste, en mis tantos años de lecturas.

 He de decirles, sin embargo, que es inevitable no entrar en las oscuras cavernas de la moralidad cuando se lee a Tolstoi. Cuando terminé de leer el texto, me pregunté, ¿por qué las mujeres aman a los cabrones, y no a los hombres buenos, como debería ser? Pues por personajes como su esposo: tipos fríos, metódicos, que cuidan siempre de las formas, las normas civiles, los códigos de relación social. Batos sin sabor. Desalmados. La novela no lo dice, pero se intuye: este tipo ya no funciona ni en la cama. Alexis Alexandrovich Karenin, casado con Ana, alto funcionario del gobierno ruso, hombre importante, vive una existencia aburrida, sin grandes aspiraciones más que las impuestas por una profesión respetable que nada le retribuye en la intimidad. Personas como él se preocupan más por el qué dirán que por lo que sienten. Por eso cuando se entera de que su mujer se ha enganchado con Vronski, el atractivo militar que seduce a Ana, se acerca a ella para “sugerirle” que deje de verse con ese hombre, para guardar las apariencias. No reacciona como un verdadero macho, como suele suceder en estos casos, con impostura, con determinación y coraje, y eso le convence definitivamente a Ana de que ha vivido con un hombre sin espíritu: más le hubiera valido sentir celos, haberla golpeado, haberla hecho entrar en razón por la fuerza; pero en lugar de eso salió a flote su tibieza, su moralidad rayana en el absurdo que a Ana sólo le provocó rabia, asco y decepción.

 La novela se llama Ana Karenina pero bien debió llamarse Ana Arkadyevna, que es el nombre de soltera de la protagonista. ¿Por qué entonces el autor la tituló así? Pienso que se debe, en gran medida, por la influencia negativa que provocó en Ana su fracasado matrimonio: esa imposición de las normas sociales la ató definitivamente. Fue un grillete de por vida que le llevó a su derrumbe personal.

 Lo que le ha sucedido a Ana es una desgracia. Pobre de ella. La sociedad la condenó severamente al separarse de su marido. No podía ir siquiera al teatro. Hoy en día a nadie le importaría, pasaría desapercibida entre el montón de familias modernas disfuncionales. Pero en aquella época cuando fue escrita esta novela (1877) era algo terrible. Las mujeres la despreciaban, sentían lástima por ella; y aunque a algunas les causaba cierta simpatía, por su valor, por la determinación que mostró en llevar su deseo a la ignominia, al final siempre prevalecía el rechazo. Pero también Ana tuvo lo suyo (sí, eso la hacía humana): Por dejarse llevar por sus pasiones dejó a su hijo en manos de su padre; y desde entonces, se olvidó de él. 

Muchos piensan que el alter ego de Tolstoi en la novela era Lennin, un campesino-filósofo militante del partido socialista, que reflexiona constantemente sobre el destino del pueblo ruso y su papel como ciudadano. Pero no. La verdadera personalidad de León está en Ana. Lo veo claramente: A León Tolstoi y a mí nos separan unos 70 años de distancia (murió el día que comenzó nuestra Revolución). Pero lo veo sentado en una silla, reflexionando. Puedo imaginar su vida. De joven era un aventurero. Era un bohemio. Le encantaban las mujeres. Tuvo muchos hijos. Fue feliz. Hacía el bien. Se preocupaba por la gente, ayudaba a los que podía, vivía en profunda comunión con la raza humana. Y al final de sus días, algo le ocurrió. Se despojó de todo, hasta de su familia. Se convirtió en asceta. Se fugó. Tuvo un destino similar al de Ana. Terminó en desgracia. Tal vez tuvo una revelación mística. Tal vez sólo fue locura. Murió en condiciones extrañas, en una estación ferroviaria (al igual que su protagonista). Personas como ellos merecen ir al cielo, en caso de que exista. Porque nada los limitó a buscar (y a veces encontrar) la felicidad plena. Esa que nos está prohibida a toda costa, esa que nos esconden a diario los medios, el capitalismo, la religión, que la disfrazan y nos la muestran como lobo dentro de una piel de cordero.

 Ana y León, esos seres de carne y hueso, ahora nos sonríen desde las alturas. Nos guiñen el ojo. Están felices de no haber coincidido con nuestra era (no habrían podido con nuestros iPods, con nuestros Twitters). Pero se compadecen.

 Yo desde aquí les mando un caluroso saludo.

jueves, 15 de marzo de 2012

Ser humano


Uno se va haciendo más humano conforme pasan los años.
O eso es lo que le ocurre a algunas personas.
O más bien, eso me está sucediendo a mí, para no ser tan pretencioso.

Pero decir humano es entrar a los terrenos escabrosos de la filosofía, pues toda definición implica limitar; es como fotografiar únicamente el rostro de algo o alguien, hacer a un lado a los demás (¿se quita, por favor?) para que no salgan en la instantánea: Y un ser humano, a como yo lo he llegado a entender, es un ser que nace sin saber nada, y, con el despiadado transcurrir del tiempo, va tomando lo que la vida le va poniendo en su camino. Eso es un ser humano para mí. Nada complicado. Los animales, las plantas, en cambio, se las arreglan muchas veces solos, sin tener que pedir a nadie nada, pues lo traen en los genes: con un solo empujoncito y listo, el ADN hace su chamba. Sin embargo los humanos no, tienen que aprender, son un cúmulo de experiencias, de traumas, de energía contenida: la vida es una pared en blanco; el humano, el grafitti. Algunos crearán una obra de arte; otros, sólo se derramarán sobre la textura, en un boceto infame, con dos o tres pobrecitos aerosoles.

Es inevitable. Los años no pasan nomás porque sí. El tiempo se la pasa dándonos cachetadas delante de la gente (el igualado), y nos exige ser mejores personas. No todos hacen caso, por supuesto, pero la mayoría, en algún punto de sus vidas, tienen una revelación en secreto, esas que sólo ocurren a solas y que nos apartan abruptamente de la realidad: Puede ser que nos agarre en pleno tráfico, con el semáforo en verde, mientras los de atrás nos pitan para que avancemos; o puede ser que nos ocurra después de un acontecimiento terrible (la muerte del ser querido) y comenzamos a percibir que la vida es frágil, que ocurre en un instante y nosotros con nuestras mamadas, dejándonos llevar por el huracán de los días, sin meter las manos siquiera para detenernos un poco y pensar, pues finalmente para el tiempo no existimos.

Tenemos oportunidad de elegir. Nada nos obliga a nada. En serio.
Muchas veces rige nuestro actuar lo que dictan las religiones. Nuestra voluntad se ve coartada. La libertad es un concepto corrompido, en donde dicha libertad existe pero estará sujeta siempre a los designios de un ser supremo que dictará las leyes a seguir. La mayoría de estas religiones nos vuelven inhumanos. Atentan contra nuestra propia naturaleza cegándonos, haciéndonos creer que nuestro cuerpo es impuro, que cualquier placer proviene de espíritus demoníacos y caeremos en la desgracia del infierno si nos dejamos llevar por lo que sentimos. Pero no se dejen convencer. Razonen. Lo que tratan de vendernos como pecado, si lo vemos bien, nos hace de hecho netamente humanos: Tener sexo. Bailar. Viajar. Vestirnos a nuestro antojo. Los preceptos anticuados que la religión impone nos sitúan, incluso, por encima de los animales, lo cual es inadmisible. Ellos, al igual que nosotros, son hijos de la madre Tierra. Del Sol. De la Vía Láctea. Del Universo.

¿Ser más humano implica ser más bueno? No confundamos el término humano con humanitario. No se trata de salvar el mundo, de impedir guerras, de ir al África a rescatar vidas. Es lo ideal, pero no tiene que ser así: Ser más humano significa ser más conscientes.

Y cuando somos conscientes nos sacudimos. Tenemos entonces esa revelación de la que hablaba. Siempre afirmaré que si los delincuentes fueran conscientes, aunque sea un poco de las atrocidades que cometen, no harían maldades. No matarían. Si entendieran que están privando de la vida de un ser querido (que vale lo que un sol), de una persona que es amada por otro; que están quitando la posibilidad a una persona de hacer feliz a otro, de crear cosas positivas, constructivas; que se parte el lomo por el bienestar de su familia, por supuesto que no lo harían. Pero un asesino tiene un bloque cerebral. Se lo ha autoimpuesto o se lo han provocado. Prefiere no enterarse, no saber, y lo más sencillo para él es decir “no es personal, viejo, discúlpame”, mientras va cortando cartucho frente a nuestros ojos. Es un acto de inconsciencia, un lavado ponciopilateano de manos: Prefiero no conocer, cegarme. Para ellos es mejor así.

Un acto humano es abrir los ojos ante el mundo. Y nos permitirá construir con el otro (en un hermoso sueño) un mundo mejor:

Porque ser más humanos es, en el fondo, ser más felices.