jueves, 29 de julio de 2010

Avalancha del crimen


Supongo que todo comenzó así:
Desde el comienzo de los tiempos hubo maldad. Desde la más primitiva, cuando un molusco le robaba el bocado a otro, hasta la más vil, cuando un hombre cruel con una quijada de burro asesinaba a su propio hermano. Así comenzó la avalancha del crimen, esa maldita violencia que ya nadie podrá detener. Sin un plan determinado, sin un guión, el crimen comenzó a fraguar una carrera muy redituable a la que todos, en distintas épocas de la historia, hemos ayudado a cristalizar.

La maldad no existe, es cierto. Es un concepto propio del Hombre. Sin embargo, es real. Se expande como el universo. Engaña a los débiles, que quieren pasar por valientes, y a los cobardes: a ellos, los seduce con la idea de poder. Por eso no es raro ver a jóvenes involucrados en el crimen organizado, chiquillos sin idea de lo que están haciendo, sólo dejándose llevar por un instinto primitivo, el de querer sentirse con más poder, ser alguien en el ámbito donde se desenvuelven. ¿Y qué es el poder, en esencia? La idea de que puedes matar. Uno se somete al poder porque no quiere morir.

Hemos perdido la capacidad de asombro. Ya no sentimos. Nos tocamos la piel y no ocurre nada. La violencia ocupó también nuestros cuerpos, como un cáncer. El crimen no podía hacer las cosas tan abiertamente si antes no contaba con el consentimiento del poder oficial. Por eso reclutó al gobierno. Para algunos, era negocio redondo y se enrolaron por convicción; otros fueron conducidos a la fuerza, con amenazas. Es una verdadera pesadilla cuando eso ocurre. ¿Cómo soportar la sola idea de ver a nuestros familiares sufriendo? Por eso tenemos que ceder. De eso se vale el crimen, del miedo. Es su leit motiv.

El crimen organizado evolucionó. Mutó. Antes tenía ciertas reglas no escritas. Tenía, en cierto sentido, su propia “moral”. Ahora eso ha cambiado. Ha incorporado elementos del terrorismo, pero sin ideología, que es todavía peor. Matar por matar. Sin sentido. El crimen organizado se ha vuelto astuto, hay que reconocerlo. Pero nunca superará a la inteligencia de un gobierno, aunque parezca lo contrario. Lo que ocurre es que la inteligencia del gobierno no sirve de nada mientras esté comprada. La tecnología, la metodología, existen, pero no se aplican porque los altos funcionarios inmiscuidos no lo permitirán. Soslayarán los actos de violencia porque también van de por medio sus propios intereses. Mientras los altos mandos corruptos no sean liquidados, los verdaderos funcionarios honestos no podrán hacer nada, tendrán las mismas cadenas que los atarán por más que quieran actuar de buena fe.

Nuestro sistema social también está cambiando. Se está implantando un nuevo orden: el del crimen organizado. Ya está cumpliendo algunas funciones que le correspondían únicamente al Estado: Cobrar impuestos, brindar protección, implantar toques de queda, controlar el mercado y la industria. Imparte su propia “justicia”: estás conmigo o contra mí. Por eso es hora de replantear nuestro sistema de justicia. Buscar alternativas. Dejemos los tabús y los prejuicios. Que ya no nos asusten temas como la pena de muerte. Debatámosla. Porque, ¿qué es el sistema penitenciario sino un caldo de cultivo de odios, venganzas y criminales? Nadie se reforma ahí. Nadie. Es una ley de la selva. Es un sistema de corrupción. Ahí mantenemos a los delincuentes, les damos de comer, les damos techo, los recompensamos. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor, los delincuentes siguen operando impunemente desde adentro, a tal grado que con el consentimiento de los directivos, salen a matar a más personas con las mismas armas de los oficiales. Después de esto, ¿alguien sigue creyendo en el sistema penitenciario?

Suena irónico, pesimista y absurdo, pero quizá sólo tendremos una salida: que ocurran las profecías del 2012. Sólo algo catastrófico podrá movernos del mutismo, del miedo, de la inmovilidad. Los mayas, en sus predicciones, auguraban un gran cambio para la humanidad, una elevación colectiva de la conciencia. Cuando escuchábamos esto en la televisión, nos daba risa. Sonaba a ficción. Pero no nos vendría nada mal un cambio así en nuestros espíritus. Porque nadie quiere cambiar. Estamos esperando a que otro, quien sea, un súper héroe, un revolucionario, inicie algo grande. Nosotros sólo queremos ver fútbol, apoyar a nuestra selección. No estamos dispuestos a salir y armar un gran movimiento porque pensamos que el siglo XXI ya no está para esas cosas. Somos pobres con actitud de burgueses: no tenemos determinación.

¿Qué nos queda, pues, si la Humanidad ya no tiene remedio? ¿Quedarnos de brazos cruzados? ¿Esperar la segunda venida de Cristo? No. Si no estamos dispuestos a unirnos, a solidarizarnos, a caminar hombro con hombro, entonces hagamos cosas pequeñas. Empecemos con nosotros mismos. Siempre habrá algo que cambiar. Es posible una renovación. Sólo hay que mirar adentro y ver qué estamos haciendo mal.

Al final de cuentas, las avalanchas también tocan fondo.

martes, 6 de julio de 2010

La Gran Paloma


Nos gustaba tronar palomas en el barrio. Comprábamos de las grandes, de las de a veinte pesos, esas de papel y pólvora, triangulares, con la mecha (las tripas) saliéndosele de las entrañas. Las encendíamos y las poníamos debajo de un bote de tornachiles: Después de unos segundos de angustiante espera, tronaba pero bien hermoso. La explosión era terrible. Si alguno de nosotros se nos ocurría ir a asomarnos para ver por qué no había tronado (porque a veces sucedía que la mecha no agarraba) podía ser fatal. De hecho conocíamos la leyenda de aquel niño que había perdido su mano por el estallido de un cohete; por eso les teníamos respeto. Y esto viene precisamente al caso porque he tratado de imaginar qué tan terribles o violentas pueden ser las explosiones de mayor magnitud, como las supernovas, si las palomitas que tronábamos en la calle eran, ya de por sí, muy estruendosas.

En esta difícil y compleja realidad, existen distintas clases de explosiones: Desde las más ligeras como las cebollitas, esas que nomás hacen chispas y un poco de zumbido; pasando por las granadas de fragmentación, que su poder de destrucción comprende algunos metros a la redonda; las bombas nucleares, que pueden arrasar ciudades completas, recordemos Hiroshima y Nagasaki; hasta las más increíbles y colosales, como las supernovas. Pero el estallido por antonomasia, aquel que se lleva el aplauso del respetable de pie por varias horas, es sin duda la Gran Explosión: el momento mismo del surgimiento del Universo.

El espacio es un lugar violento. Muy peligroso. Pareciera que las estrellas al morir (de hecho no mueren del todo, siempre están evolucionando y convirtiéndose en otros objetos más o menos complejos, como planetas, estrellas de neutrones, magnetars, enanas blancas, incluso en cuerpos tan misteriosos y complejos como los agujeros negros), quisieran ser recordadas para la posteridad. Cuando un objeto estelar como nuestro Sol no puede generar más procesos de fusión nuclear, ocurre que la gravedad finalmente vence su masa; éste se contrae a tal punto que ya no puede sostenerse y termina cayendo sobre sí mismo. Sucede entonces una supernova: el estallido más poderoso en el espacio. El destello y la destrucción que deja a su alrededor son inconcebibles. Pobres de los planetas que se encuentren en su órbita. No quedaría nada de ellos. La luminosidad de estos eventos puede detectarse incluso en galaxias próximas.

Pero nadie está preparado, ni los extraterrestres más avanzados quizá, para comprender la majestuosidad, la increíble potencia y energía que generó la Gran Explosión, ese preciso instante en que tiempo y espacio comenzaron. Todo lo que hoy conocemos proviene de ese momento: de un punto comprimido hasta el infinito, una singularidad, que de pronto y sin decir agua va explotó de una manera increíble, inconcebible, dando lugar a toda la materia existente, las leyes de la física, las galaxias, la vida inteligente, absolutamente todo. No estamos hablando de lucecitas montadas para escena, o de simples fuegos artificiales. No. Lo que ahí ocurrió no abarca siquiera todos los cohetes juntos, las granadas, las bombas o arsenal nuclear completo del planeta, ni todas las supernovas juntas en todas las galaxias. Lo que pasó en la Gran Explosión no tiene comparación ni precedente alguno. No tiene madre.

Si se me apareciera un genio en medio de una botella de cerveza Indio y me concediera tres deseos, pediría: una noche con Scarlett Johansson, la paz mundial (esta respuesta me la enseñaron en un concurso de belleza), y presenciar en primera fila, sin consecuencias catastróficas para mí, por supuesto, el momento de la Creación: Ver cómo salen disparados los gases, las luces, el fuego primordial; cómo se van formando los cúmulos; cómo empieza la gravedad a surtir efecto en los objetos y comienzan un baile cósmico fascinante… ¡qué chulada de evento contemplaría!

Me imagino ahí, en mi silla, mirando a mis anchas, y pienso lo siguiente: La Gran Explosión es la paloma de a veinte pesos de Dios: un buen día, en su travesura, la encendió con un cerillo, la arrojó en medio de la nada y explotó, dejando tras de sí un caos terrible.

Y se fue nervioso, silbando, con las manos en los bolsillos, antes de que alguien lo cachara.